Nicanor Parra

Nicanor Parra es una curiosa mezcla de física matemática, arte popular chileno y comportamiento británico. Nació en 1914 en una aldea precordillerana llamada San Fabián de Alico, cerca de Chillán. Su primer libro de poesía, Cancionero sin nombre, que publicó a los 23 años, da una imagen bastante inexacta de él, por eso no es extraño que para muchos sea Poemas y antipoemas (1954) su obra inicial.

El realismo punzante de ese libro –a veces negro, a veces luminoso– puso a su autor en órbita. En breve sus rebeldes páginas fueron vistas como una arremetida contra el vozarrón nerudiano, un saludable atentado contra las exageraciones telúricas que pueblan la poesía del coloso de Isla Negra. Pero el tiempo nos ha mostrado que su arremetida era de mucho mayor penetración: de pronto apareció la inteligencia y con ella un humor complejo.

Su vida –en la que no han faltado los sacrificios– y su obra –compacta y zigzagueante– está cruzada por asuntos en apariencia muy difíciles de combinar. Estudió física y matemática en la Universidad de Chile, luego en la Universidad de Brown y finalmente en la de Oxford. Criado en una familia de artistas populares –hermano de Violeta y Roberto Parra– recibió las más potentes radiaciones de la cultura campesina. Su largo contacto con la poesía inglesa, por otra parte, donde su espléndida traducción del Rey Lear de Shakespeare es sólo la punta de un iceberg, moduló su voz y por extensión el timbre de los parlamentos dramáticos que constituyen gran parte de sus poemas. Un examen de cuanto ha escrito, a la luz de estos elementos, nos muestra a un intuitivo artesano que, sin apuro, renovó irreversiblemente qué ha de entenderse por poesía.

Si alguna vez el poema paradigmático fue algo así como la postal de un atardecer con gaviotas cargadas de graves significados, después de Parra lo es prácticamente cualquier cosa: el altisonante discurso de un predicador palabrero, un breve relato de un viaje anodino, o una simplísima afirmación que atraviesa la contingencia de cabo a rabo (su artefacto más conocido, “USA, donde la libertad es una estatua”, es una verdad inapelable, un epitafio de gran densidad).

Esta ampliación poética explica por qué Parra puede verse como una suerte de pensador general. Sus preocupaciones –siempre reales– sobre el alma humana y el destino planetario no han sido suficientemente atendidas, en parte porque su antipoesía ha extendido sobre sus ideas un manto de comicidad. Cuando ha denunciado, por ejemplo, la depredación del bosque nativo, lo ha hecho sin dobleces ni guiños de camaradería. Parra es un autor al que le importa aquello que los fatalistas llaman el fin del mundo. Por eso dan en el clavo los profesores que declaran que su poesía es una poesía de la sobrevivencia.

Cristóbal Joannon