Gonzalo Rojas

Poeta torrencial y viajero, hijo adoptivo del filósofo griego Heráclito, hombre de hablar chispeante y vertiginoso, Gonzalo Rojas escribió una obra abierta a las pulsiones vitales, las confesables y las inconfesables, las eróticas y las hostiles, desplegada en un conjunto de libros cuyos títulos permiten hacerse una idea general de sus temas e inquietudes más frecuentes: Contra la muerte, El alumbrado, Del relámpago, Oscuro, La miseria del hombre, Metamorfosis de lo mismo. Es sin duda muy vago decir que gran parte de su poesía es un intento por nombrar lo innombrable, por asir lo indecible, pero es un juicio en el fondo correcto. “La eternidad es esto mismo”, escribe como cierre de un poema donde dialoga con unos versos de Rimbaud

Nació en Lebu en 1916, en la región del Biobío, y murió en Chillán el año 2011. Fue determinante para él haber leído, a los dieciséis, el Retrato del artista adolescente de James Joyce: vio en esa novela su propio retrato. Al año siguiente ya publicaba poemas y ensayos en Iquique, donde vivía, en el diario El Tarapacá (dirigido en esa época por Eduardo Frei). La lista de premios que recibió, becas, ciudadanías ilustres y doctorados honoris causa es demasiado larga para ser referida aquí. Sería pedagógicamente insatisfactorio obviar, sí, que fue Premio Nacional de Literatura (1992) y Premio Cervantes (2003). A los 80 años escribió su poema “80 veces nadie”; para tener en cuenta.

El relato que hizo del surgimiento de uno de sus poemas más conocido, “Al silencio”, de 1944, puede ser leído como una declaración de su poética: “Yo estaba en Valparaíso. Salgo al balcón de mi casa que se daba de bruces con el mar. Había una oscuridad absoluta. La ciudad sufría un racionamiento de energía eléctrica. En el silencio las estrellas habían desaparecido. El mar parecía silencioso, calmo hasta la irrealidad. El viento reposaba. Toda la atmósfera sugería una dimensión de lo hueco, de lo inmóvil, de lo sin voz. Entonces allí escuchaba yo a las cosas en su más esencial realidad y surgió el poema, poema que no pude terminar aquella noche y que permaneció inconcluso por largo tiempo. Me importaba la palabra viva, la palabra que no traicionara aquella experiencia y preferí, al no encontrarla aquella noche, que ella tomara todo el tiempo que quisiera tomarse. Necesitaba que emergiera de lo oscuro de aquella noche, de su silencio”. Las expresiones “calmo hasta la irrealidad”, “lo sin voz”, “palabra viva”, poseen una suerte de vibración filosófica que le es familiar a buena parte de su poesía.

No pocas veces se ha dicho que es el “quinto poeta” de la gran tradición poética de Chile, donde compartiría filas con Huidobro, la Mistral, De Rokha, Neruda y Parra. “Quinto” por orden de nacimiento y no de importancia. Basta la lectura de unos pocos poemas seleccionados en este libro —como “¿Qué se ama cuando se ama?”, “Orompello” o el ya mencionado “Al silencio”— para estar de acuerdo con esa apreciación, la más alta que se le puede hacer a un autor chileno.

Cristóbal Joannon